Sobre concursos y convocatorias
Es de sobra conocida la cantidad de concursos y convocatorias relacionadas con el diseño. Sean carteles, logotipos, o cualquier otro tipo de soporte o aplicación, se cuentan por cientos los llamamientos a concursar, buscando la participación masiva a cambio de una presunta plataforma de lanzamiento para quien empieza.
Sobre este aspecto de la vida del diseñador gráfico, Esteban Montorio –colega de profesión– escribió en su momento un artículo para la revista Letras e Ideas, que lleva tiempo circulando por la red. Es cosa de cada cual decidir si se comparten o no estos planteamientos, pero para contribuir a formar una opinión os lo ofrecemos aquí.
El debate está abierto:
¿Por qué se recurre a la convocatoria de concursos de diseño?
Los concursos de diseño tienen un costo bajo para la entidad convocante. El premio rara vez supera el valor promedio de mercado del mismo trabajo contratado directamente con un profesional. Esto representa un gran incentivo para los organizadores que, efectivamente, esperan obtener a través del concurso más ideas, más diversas, a menor costo. La búsqueda de cantidad y diversidad responde a la fantasía –generalmente equivocada– de que esos ingredientes aumentarán las probabilidades de encontrar la mejor solución.
Al beneficio de la cantidad, la diversidad y el bajo costo sólo falta sumarle la ventana de quitarse de encima varios problemas que exigirían tiempo, dedicación, idoneidad y capacidad de gestión: estudiar a fondo el problema, los casos homólogos, definir un programa, investigar el mercado en busca de profesionales adecuados para el caso, negociar con ellos el valor del servicio, participar activamente en la elaboración de la solución dando todo tipo de información (incluso confidencial), etc.
Los concursos de diseño grafico en el ámbito público o en las ONGs sirven para otorgar –al menos en apariencia– trasparencia y legitimidad a la gestión. La transparencia surge de la condición pública y abierta del certamen y de la evaluación anónima de las ideas (presentadas bajo seudónimo), mientras que la legitimidad frente a la sociedad, resulta de la propia participación y apoyo de todas las partes involucradas.
Pero si se analiza desde el punto de vista de todos los participantes, cuando los perdedores no reciben nada a cambio de su trabajo y de su inversión de tiempo y dinero –es decir, en casi todos los casos–, sin duda esta modalidad constituye un verdadero engaño, hábilmente encubierto tras unos falsos aires de “espacio de oportunidades participativo y democrático”. Lo cierto es que dentro del proceso de todo concurso se producen hechos para nada democráticos: la selección de los miembros del jurado, la elección de la idea ganadora y la misma toma de decisión de llamar a concurso.
¿Por qué los resultados generalmente son malos?
La insuficiencia de programa (pliego de condiciones) a la que los participantes se enfrentan en los concursos les obliga, en el mejor de los casos, a analizar la situación y elaborar un programa propio, sin contar con la totalidad de la información y la retroalimentación necesarias. Así, las ideas responden a unos programas ridículamente diversos, basados en puras hipótesis y conjeturas no verificadas con el cliente, en lugar de responder todas a un programa único y ajustado. Las posibilidades de que en ese esquema puedan surgir ideas eficaces, son realmente bajas. No se le puede pedir a un médico que alivie una dolencia grave con una sola consulta, pero al parecer sí a los “creativos” diseñadores, publicistas…
Pero ahí no termina el problema. A la hora de evaluar las ideas, el jurado –generalmente integrado en su mayoría por miembros no-técnicos–, que tampoco tiene estudiado correctamente el problema y no tiene un programa con el cual cotejar el ajuste de las propuestas, se ve obligado a improvisar un nuevo programa o a tomar una decisión amateur, basada fundamentalmente en su “buen gusto”.
¿Cuál debe de ser la postura del profesional del diseño?
Cuando las organizaciones necesitan contratar abogados, auditores, asesores de marketing, asesores financieros, desarrolladores de software, etc. –servicios todos ellos que también necesitan buenas ideas–, por algún motivo no se convocan concursos. En el caso de los servicios relacionados con la imagen y la comunicación, la diferencia aparente radica en que éstos siempre concluyen en la definición de la forma final de los productos que se pueden tocar y ver. Productos percibidos como meros asuntos de ingenio, arte, decoración y buen gusto que, por supuesto, todo el mundo se siente capacitado para evaluar.
La verdadera diferencia es que los clientes que convocan un concurso compran producto en lugar de contratar un servicio. Como el producto no existe, no se puede conseguir recorriendo escaparates, y aprovechan el ansia de prestigio o la necesidad de trabajo de algunos profesionales –e incluso aficionados– para crearse su propio catalogo de ideas, a bajísimo costo. Es evidente que contratar un servicio como si se estuviese comprando un producto, difícilmente pueda dar como resultado un buen servicio.
Hay muy pocas profesiones en las que a los candidatos se les pide primero hacer un trabajo dejando al comprador la opción de cuál pagar. Imaginemos la respuesta de una docena de abogados si se les pidiera un trabajo determinado, y luego escogiéramos cuál usar y cuál pagar. O le pidiéramos a varios dentistas trabajar gratis hasta decidir cuál nos gusta mas.
Los concursos de diseño se suelen comparar con los certámenes literarios, de pintura etc. Sin embargo, hay diferencias fundamentales que se suelen pasar por alto: que en los concursos “artísticos” las obras presentadas no necesariamente se realizan ad hoc, “sirven para otra batalla” y lo que se premia es fundamentalmente el talento. Los concursos de diseño y publicidad no se hacen para premiar el talento de los participantes, sino para encontrar soluciones eficaces a los problemas concretos del cliente. Las soluciones no sirven para presentar en otros concursos.
Pero yendo un poco mas lejos, y en mi opinión, al participar en estos concursos abiertos, los profesionales avalan el engaño al tiempo que ponen en duda su propio profesionalismo, admitiendo tácitamente: que están dispuestos a trabajar indignamente (gratis) y que, por lo tanto, su trabajo, su tiempo y sus ideas, no han de valer demasiado (entregan todo eso a cambio de nada); que aceptan trabajar sin programa, a ciegas, y sin la retroalimentación necesaria para dar un servicio de calidad, sino ganar el concurso para obtener prestigio profesional o trabajo.
Al parecer el “virus” de los concursos produce mas “infecciones” en el mundo y por eso los profesionales ya han comenzado a producir “anticuerpos”: han surgido fuertes iniciativas de concienciación que apuntan a que los concursos sean considerados lo que realmente son: “demanda especulativa de trabajo” (Spec work en inglés).
Esteban Montorio, diseñador gráfico
La imagen que ilustra este post es obra de Von Glitschka
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[...] Sobre este particular, hay una muy interesante reflexión que Sergio Monge hace en el recomendable TallerD3. La reproducimos a continuación, para que conste como otro documento para el debate, al igual que el texto de Esteban Montorio que publicamos recientemente: [...]
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